Pablo Neruda: La palabra

"…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen…" de Pablo Neruda: LA PALABRA

11 mar 2014

ENTRE NOUS

_*esta foto es la ganadora del mes. La fotógrafa es la principal de la revista, su gestora, Mayte. La tituló DAYA.
Lo escrito se lo mandé por mensaje privado, nadie de la revista lo puede ver. Lo comparto con ustedes,como todo lo que escribo.

CALIBRE 22         Un homenaje en privado.  No daba para publicar.

Con un disparo, el obturador captó la imagen, y el dedo aflojó la presión. Ya no había más nada que hacer, ya era de ella. Toda suya.
Su pañuelo-manto; sus aretes; su “piercing” del ala izquierda de la nariz, y esa mirada de ceño entre curioso y molesto (de frente levemente arrugada), y una mirada casi belicosa, apenas desafiante y dolida, perdida en el bronce parejo de su piel.
Todo captó. Hasta el alma le quitó. Por eso ese gesto, por eso esa mirada, por eso esa intriga airada.
Pero nada podía reclamar ahora. La huella permanente del disparo se le quedaría en la frente para siempre.
Como si la bala-foto hubiese tenido labrado en la placa su nombre eternamente. Destinada exclusivamente para ella.

Para Daya, la del “click” entre ceja y ceja. ¿Será de “Bang”-ladesh?       Besos y felicitaciones, Bernie.

9 mar 2014

BICHOS, ME TEMO

Hoy la vi por vez primera. Ella no lo sabía, ocupada en su tarea no advirtió mi presencia, y si lo hizo, no por ello dejó de trabajar.
Había logrado ya el cometido, pero todavía no podía darla por finalizada. Iba para adelante y para atrás por la “cuerda floja” pero segura de no perder el equilibrio. Después de todo, ella la había elaborado con sus propias “manos”, y sabía de sobra que le resistiría.
La otra, forcejeaba con todas sus fuerzas, pero no se podía librar de la trama, y eso que la había atrapado apenas de un punto.  En el frenesí de querer soltarse corría el peligro de quedar maniatada en más hilos y quedar vencida sin posibilidad ninguna de escape.
Comprobada la eficiencia de su laborioso tejido, se retiró ufana para contemplar desde una segura distancia la agonía de su víctima.
Era- y eso lo entendí al rato de debatirme entre intervenir o no- la muerte de una y la sobrevida de la otra. No era mi pelea, y alguien me enseñó que hay que saber elegir bien la que te toca.
La araña tendría mosca para rato, y esa se había salvado del matamoscas que yo traía en mi mano persiguiendo a otra, pero le tocó una muerte distinta, pegoteada al hilo de la fuerte telaraña.
Quien mandaba en esa competencia no era ni la araña ni la mosca, sino algo mucho más profundo e intrincado: el famoso “instinto de supervivencia”.  Siempre he quedado sorprendido de la exquisita y variada demostración de su existencia. Sólo él comanda el resultado: uno muere y el otro vive.
  Huir o pelear, esa es la consigna. Vencer o ser derrotado es otro capítulo, y dependerá de múltiples factores, que no siempre dependen del tamaño físico de los oponentes.  En este caso en particular, la mosca era al menos dos o tres veces más corpulenta que la arañita.  Recordemos a David y Goliat, otro ejemplo de lo que estoy diciendo.
Pero no me quiero alejar de lo que pensaba mientras observaba la pugna. ¿Será que así como el instinto manejaba todos los hilos del angustiante combate, así los hombres respondemos a un mandato inapelable? ¿Será que la convivencia pacífica amparada en razones mentalmente elaboradas, será inefablemente derrotada por el famoso instinto, hagamos lo que hagamos?
Tengo miedo de escuchar una respuesta.  Preferiría permanecer ignorante, creo. Porque sospecho que no me va a gustar la conclusión a la que llegue al oírla.
Ni la araña ni la mosca saben de ética, ni tienen idea de lo que significa la compasión, ni tampoco la solidaridad, y menos el arrepentimiento. Nosotros sí. Pero igual que ellas, matamos para vivir, o vivimos para matar ¿Acaso hay diferencia, si el final es el mismo? Alguien muere.
¡Cielos, he develado esa incógnita y hasta lo he puesto por escrito!
Sólo me queda la esperanza, ese débil hilo que sostiene a la humanidad y la quiere salvar de su natural destino.
Profetizaba Einstein: “la cuarta guerra mundial la harán con piedras y con palos”
Que alguien refute su teoría, si puede, por favor le pido.
                                                  Bernie5422.



       

3 mar 2014

LAS MÁSCARAS ETERNAS


Foto Helena de Sonymage

                                         LAS MÁSCARAS ETERNAS
             
Igual que en esas películas en donde acumulan todo el suspenso y la tensión extrema, para que en el último tramo del film, el presidente cuelgue el teléfono después de detener la mano que estuvo a punto de apretar el botón rojo que dispararía los misiles, y el comienzo del fin del planeta, desatando una guerra nuclear: así comienzo este escrito.
Porque de eso es de lo que se preocupan todos los guiones, y que se asemejan por ello en el desarrollo del tema.  De que la guerra final se interrumpa, no de que se acabe con el conflicto que la origina, y menos de la idiosincrasia de los actores involucrados en él.
Si miramos el mapa geopolítico de nuestro planeta, es escalofriante comprobar la cantidad de conflictos bélicos que persisten hace años, a los que se suman los que van naciendo cada día y con diversas etiologías. Las guerras por confrontación ideológica; las por diferencias religiosas; étnicas; de dominio territorial por el aprovechamiento de los recursos marinos o mineros; la lucha por el petróleo o por las vías de acceso a él, y un largo etcétera, por supuesto, que incluye la que se libra por quién domina el poder del dinero.  El famoso “Poderoso don dinero” que nos contaba Quevedo.
Les propongo un ejercicio de imaginación, en el que todos los personajes que manejan estos conflictos tengan puesta la careta de “yo no fui”; estoy obligado por las circunstancias, sólo lo hago por el bien de mi país, mi Dios es mejor que el del otro, ellos son herejes, o pueriles razones por el estilo.
Razones que sujetan la careta con un hilo invisible, que impide que ésta se caiga con facilidad.
Sólo en la intimidad más solitaria - imaginen así como se los propongo- verán que cada uno de ellos cuelga el teléfono, se sienta en la gran butaca detrás del imponente escritorio, y se dispone a sacarse por fin la careta.
¡Oh sorpresa! Le sucede lo mismo a todos, a pesar de situarse en continentes diferentes, en países diferentes, con culturas e idiomas diversos: todos experimentan como un vertiginoso cambio de máscaras que fueron usadas por sus antepasados.  Miles y miles de máscaras que van dejando lugar a la que usaba quién les antecedía, hasta quedar todos sin ninguna, y sólo se pueda ver una sola común a todos: la cara de un mono enojado, blandiendo amenazante una gruesa rama de árbol con la que intentaría romperle la crisma al que le quisiese arrebatar algo que pensaba que era suyo, y que no estaba dispuesto a ceder o compartir.
Eso nos identifica y nos asemeja. Somos aún, como en Odisea 2001,  aquél mono que descubre el papel preponderante del fémur a la hora de luchar contra el otro, o contra los demás.
Ése día en que se caigan las caretas de la forma que les dije, y todos nos demos cuenta que no hemos aprendido nada de ese antepasado nuestro, ese día lloraremos amargamente. Deseo íntimamente que llegue lo antes posible, y se termine para siempre tan increíble como prolongado carnaval.
Ahora bien, si prefieren llenar el pomo, tirar la serpentina, bailar al son de los tambores o lo que sea, entonces me pongo de nuevo la máscara pertinente y todos felices otra vez.
¿Felices?

                              Bernie5422

28 feb 2014

CONFUSIÓN EN EL CIELO......COMO EN LA TIERRA

* Volvió el moderador a solicitar fotos para que escribamos algo afín al edén o al paraíso.
La foto que seleccioné se titula Confusión en el cielo y la tomó José61 de Sonymage.
 La orden de desalojo ya estaba escrita y firmada, aunque alguien pudiera pensar que las cosas podrían haber pasado de modo diferente al que sucedieron.
El dueño del terreno era también el dueño del vecindario, y lo peor es que ninguno de los vecinos tendría la más mínima posibilidad de interferir, y menos de argumentar a su favor o en su contra, pues la suerte de esos dos estaba echada, igual que ellos, y deberían irse con lo puesto, que por otra parte no era gran cosa.
Desde que moraban allí, todas sus necesidades básicas estaban contempladas, y ellos no eran de esas personas acuciadas por el deseo de acumular nada.  Lo imprescindible les era más que suficiente, y a diferencia de las demás personas que conozco, se arreglaban con bien poco.
El clima les ayudaba, debo admitir.  En los lugares donde la temperatura ambiente no presenta demasiados cambios, y además suele ser cálida, tanto frutas como verduras crecen casi de la mano de Dios, como suele decirse, sin grandes esfuerzos, más que el de la recolección necesaria para la subsistencia diaria.
Y así todos los que allí habitaban.  Nadie pasaba necesidades, al menos hasta el momento en que todo cambió, y ya no se vivía el mismo clima que antes. Las cosas empezaron a estar confusas y se establecieron nuevas reglas, y con esas nuevas (malas nuevas debería decir) impartidas por el dueño, ya ellos no podrían estar nunca más tranquilos como antes.  Incluso había cambiado la relación entre los dos. Él tenía para ella una mirada diferente, que no le conocía, y eso le producía sensaciones extrañas nunca antes experimentadas.
Sin una madre que la aconsejara, y un padre adusto que jamás se la nombró, que por un lado no le negaba nada - mejor dicho, todo se lo daba-, pero por otro, bajo condiciones bien específicas, difíciles de comprender, no tenía muchas posibilidades de diálogo, y menos de tomar decisiones por sí sola.
Así que esa mirada la tendría que evaluar sin manejar muchos antecedentes. Estaba realmente confundida.
Sus amistades, aunque numerosas, tampoco le podían ayudar mucho.
Tal vez la orden de desalojo tuviese que ver con aquella mirada. Tal vez él sabía algo que ella aún no manejaba. Tendría que hacer uso de todas sus artes femeninas para al menos compartir “el secreto de sus ojos”. Más tarde confirmaría que ése era el camino.
Claro que todo tiene su precio, y disfrutar de esa mirada, y devolvérsela tal cual, sería finalmente la sinrazón del desalojo.
Sin explicaciones previas, sin posibilidades ni de voz ni de voto, sólo tener que acatar por acatar. Tan sólo porque había que respetar la nueva norma. Nada de libre albedrío. ¡Válgame Dios!
Acá, el que las hace, las paga, rezaba la advertencia. Ahí tenían que rezar hasta las advertencias.  No se salvaba nadie.
Y llegó finalmente el día aciago. Sin misericordia, sin contemplaciones y sin antecedentes a los que recurrir para recusar.Y los echaron a ellos, y los echaron a todos. Bueno, a todos no, a los budistas no, a los árabes tampoco, a las tribus indígenas que poblaron la América tampoco, a los esquimales menos (esos siempre vivieron en el frío polar) a los ateos ni te cuento, y la lista continúa, afortunadamente, en forma interminable, gracias a Dios. O no. 
Bernie5422            

27 feb 2014

MARA, UN POQUITO MÁS DE AQUELLO.

                                   Recova 532 casi esquina con Avenida de las flores era una buena ubicación. No demasiado céntrica, con tráfico por la avenida sí, pero reducido dramáticamente a esa altura de la numeración, porque a poco más de cincuenta metros esa calle terminaba en un “cul-de- sac” que le otorgaba cierto aire íntimo al lugar.
A dos cuadras un centro comercial, y la parada de dos o tres líneas de autobuses con buena frecuencia a sólo una, y hasta aquél que la dejaba justo en la playa.  Cómodo, versátil, y de cierto nivel el barrio.
La casa nueva lo tenía todo.  El garaje se había habilitado como pequeño salón de clases, con entrada independiente para alumnos y proveedores, a pocos pasos de la vereda, y además gozaba de conexión interna con la casa y el baño de planta baja, que alimentaba el aula y la cocina-estar. Independencia y conjunción, una distribución ideal, en especial para Mara, que oficiaba dicotómicamente de ama de casa y profesora de sociología.
Si bien las tareas de la casa no era lo que más le gustaba, la sencillez práctica (hoy llamada minimalismo) predominaba por sobre todas las cosas, en la decoración y ambientación, y eso le hacía más fácil la cotidiana e ineludible labor doméstica. No obstante, había decidido no ser presa de las obligaciones culinarias y de limpieza, y sostenía que prefería trabajar algunas horas más en la semana, y así financiar el costo adicional para derivarlas o tercerizarlas como se dice ahora, pero bajo su atenta mirada.
Por eso estaba a las diez de la mañana sentada en el escritorio, enfrentando a la docena de alumnos que trabajarían con ella durante tres horas corridas, sin preocuparse del almuerzo y demás. 
-Bueno alumnos-colegas, como les llamaba, pues les decía que así los consideraba de antemano. Estaba orgullosa de su capacidad didáctica y no se permitía que alguno de sus alumnos no finalizara el curso, graduándose como corresponde. Si era preciso aumentar en algún caso particular las horas-alumno, de buen grado, y gratis, lo hacía.
Habrán notado, decía, que la tesis de trabajo individual fue distribuida por mí a cada uno de ustedes sin previo aviso.  Todos pudieron, si así lo hicieron, leer lo que los demás escribieron sobre el tema. Esta estrategia es para que la clase de hoy tenga una dinámica……, y en este tono de charla amena, ausente totalmente de tintes doctorales, tenía a su pequeño auditorio totalmente entregado, y manejaba las riendas de la cosa con total soltura.
Eternamente acompañada por un tazón de té de hierbas, y con las piernas flexionadas sobre los almohadones del sofá del living en la planta alta de la casa, leía ya por segunda vez aquél trabajo que tanto le había llamado la atención, y que le fuera enviado por internet –tal el sistema establecido por ella- por una de sus alumnas del curso
Le había atrapado desde el principio. Debían los alumnos escribir a propósito de las conductas sexuales y su importancia o no en la estructura de la sociedad moderna. Esta chica había encarado el tema titulándolo “El mandato y el qué dirán, dos candados invisibles”.
Se intuía originalidad y audacia contestataria desde el vamos. Estaba claro que Mara les había preparado el escenario presentando los personajes y sus correspondientes perfiles, como telón de fondo, contando lo más fielmente posible las historias de su amiga Eli, su ocupación, su vida íntima y lo que con ella acontecía, todo con los nombres cambiados como habían pactado las dos mujeres.
La mayoría de los alumnos se habían abocado a las repercusiones de lo sexual en la sociedad, pero esta chica estaba preocupada u ocupada en estudiar las improntas, los orígenes de las diferentes conductas, y explicar así, desde el antes, lo que marcaría indeleblemente la relación de cada ser humano con respecto al tema en cuestión.
Porque lo relevante del planteo, era sostener que tanto el mandato como el qué dirán, formaban parte como de dos sociedades -una chica, familiar, y otra mayor, envolvente- encadenadas o encandadas (término acuñado por ella, por lo del candado), con interrelación constante, y marcando directrices conductuales para cada persona. Esa particular interconexión explicaría –según la alumna- la conducta sexual del adulto y la forma en que ésta se manifestaría luego en la inserción del individuo en la sociedad.
Entonces teorizaba, que tanto Laura (Eli), como el hombre (Raúl) se debían a un mandato del modelo paterno y materno, con códigos particulares que difícilmente objetaran en la edad temprana, y luego a esquemas y pautas de la mini sociedad en la que se desarrollarían cada uno, seguramente distintos a los anteriores. Éstos no sólo te marcaban los caminos a seguir, sino que también te decían lo que te tenía que gustar y cómo te tenía que gustar (lo hicieran o no), y qué de ello era "bueno" y qué "malo". Los candados de los que hablaba.
El equilibrio, la madurez e independencia que lograran en el futuro, sería lo que marcaría el derrotero de cada uno para lograr (obtener) la felicidad.  Término difícil de definir si los hay, argumentaba con cierta solidez y audacia, como les adelantaba unos párrafos antes.
Mara estiró el brazo hacia la mesita ratona que estaba pegada al posabrazo del sofá, tomó una hoja y una lapicera, y comenzó a escribirle acerca de ese interesante trabajo, a quién probablemente pudiese compartir los puntos de vista allí planteados.
Querida Eli: esto da para más, pero te quiero adelantar que.....

                                    Bernie5422 

23 feb 2014

LA MAR ESTABA SERENA...SERENA ESTABA LA MAR

El pequeño velero sintió cuando su vela de tres colores, se convertía de hinchada a fláccida casi de golpe.
El sonido de su quilla surcando el mar se apagó, y el cielo acompañó esa novedad con otra: se viene una tormenta.
¡Al diablo!, exclamó el navegante, pero sólo él entendía lo que quería decir. Acá se acabó el paseo, pensó, y más vale que podamos regresar con los primeros soplos, antes de la ventisca.
Sabía por oficio, pero también por el dicho popular que le confirmaba cada vez, cuando viene la calma chicha, le sigue atrás una tormenta.
No le preocupaba por el peligro que pudiese significar, porque su velerito se cubría completamente con una cobertura plástica especial, que convertía a la embarcación en un huevo imposible de naufragar.  El ser marinero solitario le obligaba a tomar todo tipo de precauciones, lo que no podía controlar por completo -y él lo sabía- era ese silencio inmóvil que lo envolvía todo como congelando el tiempo.
Y así lo vivía él.  Para ese muchacho el reloj no corría aunque sus manivelas dijesen lo contrario cuando eso sucedía.  Para contrarrestarlo, echaba mano a varios trucos que ya había ensayado con antelación.
Una de las cosas a las que acudía era a todas las maniobras preparatorias que tenía que ejecutar para enfrentar viento y lluvia fuertes.  Cambió su ropa por un grueso capote impermeable fuertemente ceñido a la cintura, y ató al mástil ya plegado una cuerda para sujetarse y no caer al agua si las cosas se ponían difíciles.  No era tiempo de tormentas, pero con las variaciones del clima no se juega. Hay que estar preparado.
Lo segundo – porque se conocía- era por ejemplo ponerse a desenredar el lío de nudos y enredos que se le había formado en el reel cuando pescaba, y no había tenido tiempo de hacerlo hasta ahora.
Era realmente una tarea que tenía que distraerlo, porque si se jala del asa equivocada, se aprieta aún más el embrollo y después será menester cortar y unir, o más drásticamente cortarlo todo y remplazarlo por nylon nuevo. Había que disponer de mucha paciencia, mismo.
El agua no se movía, el barco no se mecía, el cielo aún no hablaba, y sólo se escuchaba el silbido del pescador acompañando el crir-cric del aparato, cuando en marcha y contramarcha acompañaba el desenredo.
Bueno, pensaba mientras recogía parte de la tanza, no debo ponerme nervioso, ya pasará (y se refería a la inmovilidad que le rodeaba implacable).
Sabía también, que a veces duraba mucho tiempo, que no quería en ese momento mensurar, porque cada minuto congelado se le hacía eterno.
Finalizó –lamentablemente- la tarea más rápido de lo pensado, y guardó todo dentro de la caja de pesca pulcra y ordenada, como la debe tener quien ama ese pasatiempo.  También, porque el barco era chico, y cada cosa en su lugar genera espacios imprescindibles a la hora de cargar y de echarse a la mar.
Comenzaba  a exasperarse, y ya empezaba a rascarse el pulgar, bien al lado de la uña, con el dedo mayor, como queriendo despegar la piel que la cubría incipiente en la medialuna del nacimiento.
Después, en casa, se lamentaría del destrozo que eso produciría en el dedo, pero bueno, eran males menores.
Mucho peor era cuando tomaba el hachita que destinaba para cortar leña, y tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para no agarrarse con el velerito a hachazo limpio, y totalmente descontrolado, pegar contra todo lo que tuviese cerca.  Ya le había pasado, por eso pensaba y pensaba en cómo evitarlo.
Comprobó que se le había acelerado el pulso, y que la respiración antes contenida, se manifestaba entrecortada y ruidosa.  La boca seca, y ya amenazaba la piel de la cara con cubrirse de sudor profuso, como se tiene cuando se enfrenta uno a situaciones límites, sin poder manejar el stress.

De pronto, no sé lo que lo motivó, pero por primera vez habló en voz alta y dijo aunque nadie lo escuchara: ¡por Dios, que sople algún vientito, antes que me vuelva loco!, y acto seguido le cambió la expresión de la cara, porque se descubrió pensando una frase que le causó gracia por lo contradictoria: necesito algo de aire para que me vuelva la calma. Para que me vuelva la calma, repetía, disfrutando el  contrasentido de pelear contra una calma y desear la otra.  Cambiar una calma por otra también sosiega, y prefirió ocurrente y filósofo (pues también le había cambiado el humor) cambiar una calma por otra calma, también calma. Y como no hay mal que dure cien años, sintió, aliviado, como una leve brisa comenzaba a secarle el sudor de la frente.

22 feb 2014

SE ACABA

*Nota del editor:- Primero fue “Como botón de chaleco”; luego le siguió “Sendas cartas”, y la trilogía finaliza en esta entrega. Eso es lo que quiere decir*Nota del editor:- Primero fue “Como botón de chaleco”; luego le siguió “Sendas cartas”, y la trilogía finaliza en esta entrega. Eso es lo que quiere decir el título, y no alude al tema central de los relatos, como se podría -con razón- suponer. ;) 
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A primera vista, era sólo un hombre sentado en una silla de un bar, junto a una pequeña mesa pegada a una ventana, al lado de una columna, que no le impedía apreciar la acera de enfrente, sin que por ello quedara muy evidente su presencia. Más precisamente, ver el edificio de cuatro o cinco pisos de generosa entrada, con una importante puerta vidriada y la clásica chapa de bronce con los timbres de los departamentos, donde, la más de las veces, están escritos los apellidos de los que habitan cada piso. En una visión más de cerca, hubiese podido advertir que el que correspondía al tercero A, sólo tenía grabadas dos letras separadas por un punto: E.M, pero no tenía la más mínima intención de hacer tal cosa.
El humo del cigarrillo y el humeante café, completaban la escena de ese hombre entrado en canas, sobriamente vestido y en actitud de apacible espera. Todo en él emanaba esa sensación.
 
Me lo voy a fumar despacito, y me lo voy a tomar de igual manera, pensaba, mientras le daba una pitada larga, luego de un pequeño sorbo de café.
No era, les cuento, otra cosa que el reflejo de lo que ese hombre experimentaba por dentro. Su espera no perseguía otro fin que el del encuentro con Eli en cuanto ella saliese por esa puerta. Tampoco para ello estaba demasiado ansioso. Había aprendido que no lo precisaba. Es más, lo estaba disfrutando. Su orgullo de macho conquistador (y ahí no cuenta la edad) estaba harto satisfecho. Nunca antes le había sucedido sentir esa seguridad de pertenencia, ni tampoco tal protagonismo. Y todo porque había dado con la tecla, casi sin proponérselo. Y la cosa le gustaba cada vez más. No sólo le permitía seguir con su acostumbrada vida de soltero, sino que le otorgaba un complemento que encajaba perfectamente con ese perfil. Ahora estaba “de novio”. Y eso sí que era nuevo para él. Tenía una mujer joven y bonita que lucir, y que a las claras disfrutaba, o al menos no mostraba signos de preocupación por ello, de la notoria diferencia de edad.
Otro gol para ese jugador. Más analizaba la cosa, más regocijo le invadía.
 
Los hombres -genéticamente hablando- tenemos eso. Queremos ser el macho alfa de la manada ( aún sin merecerlo), ser reconocidos como tales y si podemos, lograr cierto grado de obediencia y de subordinación, en éste caso, de la pareja. Y se le estaba dando, porque en el terreno en que todo esto pasaba, él era la persona más importante. Ella tenía su vida estabilizada, tanto en lo laboral como en lo económico, y eso le dejaba al hombre su territorio muy bien delimitado. No tenía que orinar el perímetro, se lo había ganado casi sin esfuerzo, y no tenía oponentes. Estaba de lo más tranquilo y seguro. Eso, pienso que su tranquilidad y serenidad provenían no de una característica de su personalidad, sino que era el resultado de su aplastante (adjetivo que saboreaba) victoria.
-Somos de lo peor, quiero que me entiendan. No recuerdo cuándo ni dónde lo escuché, pero me sumo: los hombres somos un mal necesario.
Echando una mirada algo humorística, como Quino dibujara en aquél chiste gráfico, “ella lo tenía casi todo, un trabajo estable y bien remunerado; piso propio, y auto cero kilómetro. Sólo necesitaba un hombre que la desestabilizara”.
Eli entraba al ascensor que la llevaría a planta baja, y de allí se encaminaría a la puerta de salida del edificio experimentando mientras tanto cierto grado de excitación, poco conocida por ella.
Sabía, o al menos eso sentía, que el hombre (su hombre) estaría sentado esperándola en el barcito de enfrente, en el que tomara café con confesiones con Mara. Era un lugar con historia, porque sabía haber sido testigo de la de su vida personal. A él se encaminaba con la comodidad como la que tiene el que entra en su casa.
 
Estaba consciente de ello, pero la agitación no desaparecía, esa que traía desde el tercer piso. Lo curioso para ella, es que no le producía disturbio, más bien se podría decir que le era agradable esa sensación.
 
Tal cual, por primera vez sentir que algo la desestabilizaba para su provecho –disfrute, mejor- le hacía, curiosamente, sentirse mejor.
Otro gol para el que desde enfrente, ignorante de tantas reflexiones, apuraba su café, daba la última pero corta pitada, y se levantaba para salir al encuentro de esa bella mujer, que cruzaba la calle con una encantadora sonrisa iluminándole el rostro.
;)Bernie5422. con una hermosa sonrisa. el título, y no alude al tema central de los relatos, como se podría -con razón- suponer.  
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A primera vista, era sólo un hombre sentado en una silla de un bar, junto a una pequeña mesa pegada a una ventana, al lado de una columna, que no le impedía apreciar la acera de enfrente, sin que por ello quedara muy evidente su presencia. Más precisamente, ver el edificio de cuatro o cinco pisos de generosa entrada, con una importante puerta vidriada y la clásica chapa de bronce con los timbres de los departamentos, donde, la más de las veces, están escritos los apellidos de los que habitan cada piso. En una visión más de cerca, hubiese podido advertir que el que correspondía al tercero A, sólo tenía grabadas dos letras separadas por un punto: E.M, pero no tenía la más mínima intención de hacer tal cosa.
El humo del cigarrillo y el humeante café, completaban la escena de ese hombre entrado en canas, sobriamente vestido y en actitud de apacible espera. Todo en él emanaba esa sensación.
 
Me lo voy a fumar despacito, y me lo voy a tomar de igual manera, pensaba, mientras le daba una pitada larga, luego de un pequeño sorbo de café.
No era, les cuento, otra cosa que el reflejo de lo que ese hombre experimentaba por dentro. Su espera no perseguía otro fin que el del encuentro con Eli en cuanto ella saliese por esa puerta. Tampoco para ello estaba demasiado ansioso. Había aprendido que no lo precisaba. Es más, lo estaba disfrutando. Su orgullo de macho conquistador (y ahí no cuenta la edad) estaba harto satisfecho. Nunca antes le había sucedido sentir esa seguridad de pertenencia, ni tampoco tal protagonismo. Y todo porque había dado con la tecla, casi sin proponérselo. Y la cosa le gustaba cada vez más. No sólo le permitía seguir con su acostumbrada vida de soltero, sino que le otorgaba un complemento que encajaba perfectamente con ese perfil. Ahora estaba “de novio”. Y eso sí que era nuevo para él. Tenía una mujer joven y bonita que lucir, y que a las claras disfrutaba, o al menos no mostraba signos de preocupación por ello, de la notoria diferencia de edad.
Otro gol para ese jugador. Más analizaba la cosa, más regocijo le invadía.
 
Los hombres -genéticamente hablando- tenemos eso. Queremos ser el macho alfa de la manada ( aún sin merecerlo), ser reconocidos como tales y si podemos, lograr cierto grado de obediencia y de subordinación, en éste caso, de la pareja. Y se le estaba dando, porque en el terreno en que todo esto pasaba, él era la persona más importante. Ella tenía su vida estabilizada, tanto en lo laboral como en lo económico, y eso le dejaba al hombre su territorio muy bien delimitado. No tenía que orinar el perímetro, se lo había ganado casi sin esfuerzo, y no tenía oponentes. Estaba de lo más tranquilo y seguro. Eso, pienso que su tranquilidad y serenidad provenían no de una característica de su personalidad, sino que era el resultado de su aplastante (adjetivo que saboreaba) victoria.
-Somos de lo peor, quiero que me entiendan. No recuerdo cuándo ni dónde lo escuché, pero me sumo: los hombres somos un mal necesario.
Echando una mirada algo humorística, como Quino dibujara en aquél chiste gráfico, “ella lo tenía casi todo, un trabajo estable y bien remunerado; piso propio, y auto cero kilómetro. Sólo necesitaba un hombre que la desestabilizara”.
Eli entraba al ascensor que la llevaría a planta baja, y de allí se encaminaría a la puerta de salida del edificio experimentando mientras tanto cierto grado de excitación, poco conocida por ella.
Sabía, o al menos eso sentía, que el hombre (su hombre) estaría sentado esperándola en el barcito de enfrente, en el que tomara café con confesiones con Mara. Era un lugar con historia, porque sabía haber sido testigo de la de su vida personal. A él se encaminaba con la comodidad como la que tiene el que entra en su casa.
 
Estaba consciente de ello, pero la agitación no desaparecía, esa que traía desde el tercer piso. Lo curioso para ella, es que no le producía disturbio, más bien se podría decir que le era agradable esa sensación.
 
Tal cual, por primera vez sentir que algo la desestabilizaba para su provecho –disfrute, mejor- le hacía, curiosamente, sentirse mejor.
Otro gol para el que desde enfrente, ignorante de tantas reflexiones, apuraba su café, daba la última pero corta pitada, y se levantaba para salir al encuentro con una encantadora sonrisa iluminándole el rostro.
Bernie5422.de esa bella mujer, que cruzaba la calle
con una hermosa sonrisa.