El BLOG de Bernie ...
Un espacio donde compartir ideas, reflexiones, opiniones, en fin ... palabras ...
Pablo Neruda: La palabra
"…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen…" de Pablo Neruda: LA PALABRA
30 jun 2026
Escuela 81 (un barrio, dos amigos, una carta, varios cuadros, una vida)
¡Qué lejos los amigos, y qué cerca! — Líber Falco
Aquel chico de no más de once años dejó a su vecino y amigo Carlos Jaime, contra su voluntad, cuando, obligado por las circunstancias, se mudó con su familia a un barrio que quedaba fuera de sus posibilidades de acceso. Lo separaban de CJ algo así como diez kilómetros —o cuarenta minutos de viaje en ómnibus— que era imposible pensar en transitar solo.
Porque sus padres no lo hubieran dejado y, porque hay que ser honesto, ninguna de las dos partes se esforzó demasiado en lograrlo. Ni él, ni su distante amigo.
"No es falta de cariño…", mentaba el bolero, pero la realidad era esa, y contra eso no se puede.
Nuevo barrio, nueva gente, nuevas oportunidades de hacer nuevos amigos: varias razones para que ese muchachito no sintiera tanto la ausencia del antiguo vecino y compañero de juegos.
Y nueva escuela. Dejó finalizado el quinto año y pasó transferido a su nuevo destino en la calle Podestá, donde impartía clases la escuela número 81, que funcionaba —por su último año allí— en lo que supo ser la casa de Gardel en Uruguay, cedida para tales fines.
Antes de que finalizara el año escolar correspondiente a sexto, se inauguró, a pocas cuadras de allí, el nuevo local —construido ad hoc— en la calle San Nicolás.
Allí, precisamente en el aula de sexto grado, conoció a Alberto, que para colmo de bienes vivía en la esquina cruzada con la esquina de su casa.
Era el hermano mayor de cuatro (tres varones y una mujer) y compartía la vida con sus padres y una abuela de la que no recuerda el nombre. Para él siempre fue "la abuela", la nona innominada de ellos.
De la ida a clase en horas de la mañana nada hay para destacar, pero el regreso, ese sí que valía la pena. Volvían a pie, y era una Jauja corrida. Además, se iban bajando del recorrido de a uno, a medida que se alejaban de la escuela, y cada uno se iba acercando a su destino final: la esquina de Naga y Pablo Podestá, en el caso de ellos dos. Y de ahí, cada uno para su casa, que el almuerzo ya estaba por ser servido.
Dos familias distintas, dos personalidades diferentes: uno (Alberto) retraído, circunspecto, de pocas palabras, tal vez tímido, pero con vida interior intensa y rica; y el otro, más juguetón, más infantil y más extrovertido, que no supo aquilatar o evaluar aquello adecuadamente. Pero esa brecha no importó, porque nada podía contra la personalidad invasiva y ansiosa de este chico. Él rompía todas las barreras que necesitaba romper, y logró, por fin, sentirse el mejor amigo de Alberto.
Al menos eso era lo que él creía, y tal vez lo fuese, pero la verdad era que Alberto, conforme crecía, alimentaba intereses personales que no compartía con el chico, no por falta de amistad, sino porque probablemente sintiera la necesidad de conseguir sus logros en forma personal y autónoma. Coincidía con los rasgos que comentaba más arriba.
Y así fue: un día se enteró de que Alberto había sido operado de frenillo lingual; otro día, de que Alberto había ganado el campeonato de algún arte marcial en la categoría cinturón azul; un día se enteró de que Alberto había perdido la virginidad; y un día se enteró de que Alberto pintaba y se iba a Italia a estudiar pintura.
Un día se sentó y le escribió una carta a su amigo, que ahora vivía en Italia, y en otros días, en los años venideros, se dio cuenta, por enésima vez, de que esa carta seguía en el cajón, y que por diversas razones —o tal vez una sola— nunca había salido de allí, donde permanecía cerrada, con los sellos postales pegados en ella.
Un día, finalmente, la carta se perdió. Alberto se mudó a los Estados Unidos, donde trabajó de bibliotecario hasta que se jubiló, pero siempre siguió pintando. Hasta el día de hoy.
Un día, el muchacho, ya hombre, ya casado, ya con hijos grandes, se entera de que Alberto, casado también, vuelve a residir en Uruguay, y decide ir a verlo.
Todo como antes: él en su casa, y el amigo que lo va a visitar. Todo como antes, dos amigos charlando y comentando la vida de ambos, como el primer día, como si los años, en cuanto a este punto se refiere, no hubieran pasado.
Y todo igual, se repite el esquema. Los años siguen pasando, y esos amigos no se han vuelto a ver.
Algo, sin embargo, ha cambiado, y para mejor. Para mucho mejor. Alberto le manda las retrospectivas de los cuadros que ha pintado y lo pone al día, y el otro le manda todo lo que escribe en su blog, sin faltar a esa cita ni una sola vez.
Así somos Alberto y yo. Amigos por encima de tiempos y distancias. Amigos inseparables que se hablan casi sin hablar. ¿Acaso alguien precisa más? Tal vez, pero nosotros dos, no.
Esa es la realidad, y contra eso no se puede.
Para mi amigo Alberto, con todo mi cariño.
Bernie (Dovi)
30 jun 2018
ELA
ELA
Querido diario tenemos novedades en casa. Hace tiempo que no escribo y te preguntarás porqué. Es que vino ELA.Dejáme que te cuente: ELA o LAE por sus siglas en español (LAE-nfermedad), tiene varias formas de presentarse. A nosotros nos mandó de embajadora a una prima lejana, la lateral primaria, con apenas el diez por ciento de consanguinidad, lo que la ubica en un sitio muy exclusivo, tanto por rara como por poco conocida. Y sí, llenas las gradas y nos tocó a nosotros que sonara el timbre en casa sin previo aviso. Y allí estaba ella. Y para peor, para quedarse. Siempre tuvimos esa característica Zaira y yo: tenemos fama de buenos anfitriones y no despreciamos a nadie. Y le hicimos un lugarcito, como era de esperar.Si bien en otros tiempos nuestra casa era grande, hoy tenemos un solo -pero gran- dormitorio, por lo que tuvimos que hacer algunos arreglos para que se sintiera "como en casa".No aprendemos más. Fijate que hasta le pusimos una cama especialmente diseñada para su confort, con comando eléctrico y todo. De esa caras, mismo. Le acomodamos el baño a su altura y todo gira alrededor de esta (no)invitada de piedra.Si alguna vez elaboré alguna fantasía con un "menjunje a tres", en modo alguno tuve a éste dentro de mis expectativas, no señor.Es cierto -debo confesar- que el modus operandi no ha cambiado demasiado: yo me ocupo de casi todas las tareas culinarias, tiendo la mesa y doy de comer, cosa que siempre he hecho con los que nos visitan. A Zaira, sin embargo, su presencia la ha dejado como inmovilizada, como que se siente demasiado invadida, lo que es poco frecuente en la petisa, te diría. Es más, siempre tuvo un solo lugar para sentarse en la mesa, y ahora va con su silla para todas partes, como si lo hubiese perdido y lo anduviese buscando. Hasta se puede decir que tiene su lado cómico: pareciera que le hubiese puesto ruedas...¿te lo imaginás? Desde otro ángulo, hasta tragicómico puede pensarse, diría yo.ELA, en cambio, lo más campante, se va adueñando de todos los espacios posibles y celosa de los demás, nos tiene bastante confinados en Rinconada. Arrinconados, mismo. En la cueva, como dice Roly. Me tiene corriendo de un lado al otro todo el día y a Zaira no la deja ni caminar. Nada es como antes y parece que la cosa no va a parar aquí. Nada hace pensar que junte sus petates y se mande mudar, así que tendremos que apechugar con lo que sea. La loca no tiene la más mínima sensibilidad. Es una desagradecida. Nunca hubiese hablado así de alguien que vino a casa, vos me conocés, pero ...En lo que me compete trato de vigilarla bien de cerca, cosa que no la vaya a molestar a Zaira más de lo debido. Nobleza obliga. Ya lo dice el dicho: "las visitas son como el pescado, y a los tres días apestan", y en nuestra casa hay un olor a podrido peor que en Dinamarca. Pero nosotros limpitos, mire. La culpa es de ELA, no nuestra. Hoy aflojó la cosa. Zaira prendió la tele y yo me puse los auriculares y me tumbé en la cama a escuchar mi música preferida, pues de ELA no queremos ni oír hablar. Entonces...¿ la seguimos en cualquier momento,´tá?
16 jul 2015
De noche son pardos
En ésta reciente, mejor diría, porqué no, reluciente soltería, postrera a una deslucida y antigua relación matrimonial de pareja, convencional, esperada, acorde con los cánones sociales, estoy yo preparándome a romper la noche.
Porque el matrimonio que me vendieron y yo compré ilusionado, para toda la vida y que no separe el hombre y todo eso, ése nunca lo conocí. Ni siquiera en los primeros tiempos. Estaría convencido de las buenas intenciones, de los juramentos mutuos, de los recíprocos sí y de la esperanza de desconocer los noes. O es que estaba distraído, vagando por el cosmos rosado de la promesa –luego incumplida- conyugal. Porque éramos jóvenes, muy jóvenes, y los patrones a copiar - mentirosos, acostumbrados al engaño y a jugar siempre a las escondidas o al toco y me voy, de tristes y desilucionadores resultados- se nos presentaban impolutos, tal vez frágiles, o “rotos, pero enteros” al decir de Benedetti.
Y uno asiente, consiente, olvida y perdona; ingredientes imprescindibles para el éxito o para el fracaso, dependiendo de la cantidad y la frecuencia de uso. Pero eso, de grande se aprende, a los tropezones y a los consabidos coscorrones.
Creced y multiplicaos era la orden que no cumplimos en su totalidad, por suerte. Haber disuelto un matrimonio dejando hijos con aquella confusión que provocan los fines de semana, alternando papá y mamá, de ninguna manera hubiese sido un final feliz, más allá del divorcio, claro.
Así que, crecido y libre, si se quiere o se puede expresar de ese modo, enfrento la noche. Ignoro cómo es ella ahora, después de tantos años de sólo dormirla a espaldas de la otra espalda. Me baño, me afeito, me visto (creo que adecuadamente) esperando que la ropa que me pongo no fuese impropio usarla en un lugar así. ¡Una disco! Si no tengo la más pálida idea de cómo son. Antes era la boite, o como alternativa, los clubes que organizaban bailes de sábado con tres orquestas y otro tanto de pistas donde bailar y poder, con un poco de labia, conseguir pareja para culminar en el telo de moda.
Una última mirada al espejo, una inspiración profunda para disimular -mientras se pueda- esa barriguita delatora que la camisa suelta no termina de ocultar; los cigarrillos, la plata, los documentos y las llaves, sería lo último que después recordaría en aquél baño y a la madrugada.
Y cometí el primer error: tomar para entonarme. Un poco de valor embotellado para vencer la inestabilidad o la incertidumbre que provoca el estar solo y en un lugar desconocido, no le puede hacer mal a nadie, pensé. Equivocado pensé. Siempre me gustaron las bebidas blancas, pero ésta no la conocía y me atrapó por su botella y ese colorcito embriagador. Embriagador era el contenido. Por arriba de ochenta por ciento de alcohol. Fue como un sorpresivo y violento gancho directo al mentón. A la cuarta copa perdí la noción de lo correcto. Desapareció la compostura y junto con ella la capacidad de disociar lo conocido de lo a conocer, sus ventajas y desventajas. Así la juzgué a ella. A la voluptuosa gata rubia que me tomara del brazo y con la otra mano se me apoyara en dulce caricia sobre y entre mis piernas. Ya nada importaba, sólo ese deseo nublado por el licor, que le dejaba hacer. Total, era placentero.
Todo giraba en círculos alrededor mío y nadie se quedaba en su lugar. Sólo la solícita rubia que me acompañó al baño. Allí, al resguardo de miradas indiscretas que de ningún modo yo podría haber detectado, me bajó el cierre de la bragueta y me hizo lo que quiso, igual, era quien mandaba.
Para cuando caí en la cuenta que ella era él, estaba mamado y no pude atinar a nada porque estaba absolutamente mamado, en irremediables ambos sentidos.
Más tarde, sentado sobre la tapa del inodoro, disipándose lentamente los efectos del alcohol, me quedé pensando cuál era la maldita diferencia, pero finalmente no lo pude o no lo quise saber. Ya estaba casi sobrio.
Porque el matrimonio que me vendieron y yo compré ilusionado, para toda la vida y que no separe el hombre y todo eso, ése nunca lo conocí. Ni siquiera en los primeros tiempos. Estaría convencido de las buenas intenciones, de los juramentos mutuos, de los recíprocos sí y de la esperanza de desconocer los noes. O es que estaba distraído, vagando por el cosmos rosado de la promesa –luego incumplida- conyugal. Porque éramos jóvenes, muy jóvenes, y los patrones a copiar - mentirosos, acostumbrados al engaño y a jugar siempre a las escondidas o al toco y me voy, de tristes y desilucionadores resultados- se nos presentaban impolutos, tal vez frágiles, o “rotos, pero enteros” al decir de Benedetti.
Y uno asiente, consiente, olvida y perdona; ingredientes imprescindibles para el éxito o para el fracaso, dependiendo de la cantidad y la frecuencia de uso. Pero eso, de grande se aprende, a los tropezones y a los consabidos coscorrones.
Creced y multiplicaos era la orden que no cumplimos en su totalidad, por suerte. Haber disuelto un matrimonio dejando hijos con aquella confusión que provocan los fines de semana, alternando papá y mamá, de ninguna manera hubiese sido un final feliz, más allá del divorcio, claro.
Así que, crecido y libre, si se quiere o se puede expresar de ese modo, enfrento la noche. Ignoro cómo es ella ahora, después de tantos años de sólo dormirla a espaldas de la otra espalda. Me baño, me afeito, me visto (creo que adecuadamente) esperando que la ropa que me pongo no fuese impropio usarla en un lugar así. ¡Una disco! Si no tengo la más pálida idea de cómo son. Antes era la boite, o como alternativa, los clubes que organizaban bailes de sábado con tres orquestas y otro tanto de pistas donde bailar y poder, con un poco de labia, conseguir pareja para culminar en el telo de moda.
Una última mirada al espejo, una inspiración profunda para disimular -mientras se pueda- esa barriguita delatora que la camisa suelta no termina de ocultar; los cigarrillos, la plata, los documentos y las llaves, sería lo último que después recordaría en aquél baño y a la madrugada.
Y cometí el primer error: tomar para entonarme. Un poco de valor embotellado para vencer la inestabilidad o la incertidumbre que provoca el estar solo y en un lugar desconocido, no le puede hacer mal a nadie, pensé. Equivocado pensé. Siempre me gustaron las bebidas blancas, pero ésta no la conocía y me atrapó por su botella y ese colorcito embriagador. Embriagador era el contenido. Por arriba de ochenta por ciento de alcohol. Fue como un sorpresivo y violento gancho directo al mentón. A la cuarta copa perdí la noción de lo correcto. Desapareció la compostura y junto con ella la capacidad de disociar lo conocido de lo a conocer, sus ventajas y desventajas. Así la juzgué a ella. A la voluptuosa gata rubia que me tomara del brazo y con la otra mano se me apoyara en dulce caricia sobre y entre mis piernas. Ya nada importaba, sólo ese deseo nublado por el licor, que le dejaba hacer. Total, era placentero.
Todo giraba en círculos alrededor mío y nadie se quedaba en su lugar. Sólo la solícita rubia que me acompañó al baño. Allí, al resguardo de miradas indiscretas que de ningún modo yo podría haber detectado, me bajó el cierre de la bragueta y me hizo lo que quiso, igual, era quien mandaba.
Para cuando caí en la cuenta que ella era él, estaba mamado y no pude atinar a nada porque estaba absolutamente mamado, en irremediables ambos sentidos.
Más tarde, sentado sobre la tapa del inodoro, disipándose lentamente los efectos del alcohol, me quedé pensando cuál era la maldita diferencia, pero finalmente no lo pude o no lo quise saber. Ya estaba casi sobrio.
13 mar 2015
DOS MICRORRELATOS PARA EL TEMA "TORMENTA"
Corresponden a un taller on line en el que participo. El foro de literatura se llama "Ríos de Tinta"
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Impermeabilizado
El aguacero se había descolgado. La gente corría por las calles buscando una salida, y el agua también. Mientras, el viento lo entreveraba todo. Aquel hombre caminaba lento; ajeno; ensopado.
Secas el alma y la mente, en total calma chicha.
Bernie5422
VORAZ
Era la más grande del barrio, y capaz de engullir lo que se le antojara. Ese día, mirando aquellos densos nubarrones, pensó si podría tragárselo todo. Y no se equivocaba, pues pocas veces había visto tal “baldazo” de lluvia. Tanto, que le rebalsaba y se le escapaba por la comisura, yéndose calle abajo sin remedio. Litros y más litros; palitos; restos de papeles; hojas varias; arena y piedrecillas, constituyeron lo principal de su almuerzo. De pronto todo cesó, y sólo quedaba contra el cordón un leve hilo de agua con un tacón alfiler (cual palillo de dientes), y algún trozo de papel de diario a medio mojar, que sirvió –seguramente- de improvisado sombrero.
Gracias a Dios -pensó aliviada- que mi vecina Doña Eduviges, ya está con la escoba acercándome ese resto. Ya había dado por perdido el postre.
Bernie5422
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Impermeabilizado
El aguacero se había descolgado. La gente corría por las calles buscando una salida, y el agua también. Mientras, el viento lo entreveraba todo. Aquel hombre caminaba lento; ajeno; ensopado.
Secas el alma y la mente, en total calma chicha.
Bernie5422
VORAZ
Era la más grande del barrio, y capaz de engullir lo que se le antojara. Ese día, mirando aquellos densos nubarrones, pensó si podría tragárselo todo. Y no se equivocaba, pues pocas veces había visto tal “baldazo” de lluvia. Tanto, que le rebalsaba y se le escapaba por la comisura, yéndose calle abajo sin remedio. Litros y más litros; palitos; restos de papeles; hojas varias; arena y piedrecillas, constituyeron lo principal de su almuerzo. De pronto todo cesó, y sólo quedaba contra el cordón un leve hilo de agua con un tacón alfiler (cual palillo de dientes), y algún trozo de papel de diario a medio mojar, que sirvió –seguramente- de improvisado sombrero.
Gracias a Dios -pensó aliviada- que mi vecina Doña Eduviges, ya está con la escoba acercándome ese resto. Ya había dado por perdido el postre.
Bernie5422
10 mar 2015
ENMARAÑADO
* Foto de Patricio Calut, titulada "650" y tomada del portal del magazine de Sonymage.
ENMARAÑADO
ENMARAÑADO
¡Y yo que pensé que lo que inundaba mi cerebro iba a quedar
oculto, y he salido retratado detrás de ella! Lo primero que sentí es que yo le
hubiese dado al menos 1000 puntos, no sólo lo
que el mezquino del fotógrafo le otorgó. Tal vez (él) esté casado y no
querría dejar al descubierto su propia maraña. De ser así es de entender su
parquedad a la hora de hacer púbico su voto. Disculpen, quise decir público. Lo
del título, qué les voy a engañar.
La imagen del fondo soy y no soy yo. Son mis neuronas en
estado cataléptico, y registradas con un
microscopio electrónico de barrido, en su máximo aumento. Sólo para escracharme,
sólo por eso. Me lo tengo merecido, pero no por ello me retracto. He quedado
catatónico; perplejo; mudo; anósmico, y con parálisis momentánea de todos los
músculos que intervienen en la respiración.
Anósmico, porque por más que inhalo abriendo al máximo mis
narinas, no logro hacer coincidir los
olores que salen de la compu, con los efluvios armoniosos que pienso inhalaría
cerca de esa piel al juego de sombras y luces totalmente expuesta y
descubierta.
Debe ser todo un electrizante entrecruzamiento de realidades
y ficciones, porque mi cerebro no es así, y ella, si lo es, es para decir ¡Dios
existe!
¡Dios lo tenga a Dios en la gloria! Yo, ya estoy.
Bernie5422 (y me hago cargo)
13 oct 2014
FÁBULA DE LA HERMANDAD
* La foto es de Israchamorro, y fue la elegida como foto del mes en setiembre.
4 oct 2014
CONCURSO...SINCURSO (In memorian)
*Es así, y ya no tiene remedio. Me iba a presentar a un concurso de cuentos cortos, y se me pasó la fecha final de entrega. Italcred cumplía diez años en la plaza financiera uruguaya e invitaba a concursar. El tema era "Los diez primeros" y no necesariamente se tenía que referir al tiempo transcurrido. El slogan de la empresa es "tu mundo crece". A mí me gustó el desafío, pero se ve que a mi subconciente no tanto. Miedo, inseguridad, y vaya a saber qué cosas más, y lo termino subiendo sólo en mi blog.
Bueno, un gol en contra cualquiera lo tiene.
Bueno, un gol en contra cualquiera lo tiene.
Pedro el
Grande y el Pibe
El club venía de malas. Éste año, en el torneo de clubes
del interior, ni “mojaron”.
La directiva estaba deprimida, se podría decir que hasta
incapaz de poder tomar decisiones inteligentes con miras a las próximas
temporadas.
Y no era falta de plata. Con la venta de aquél golerazo,
el “Araña”, y los réditos que le ingresaban por sus sucesivos pases en clubes
europeos, tenían oxígeno y la suficiente popularidad como para pedir apoyo
financiero a buenos comerciantes de la zona, y además vender publicidad a
grandes firmas de la capital.
El departamento todo- en su momento- estuvo de fiesta.
Pero no alcanza con el pan, todo el mundo quiere circo.
El Presidente del club era don Pedro el Grande, llamado
así, porque puesto a medirse con su padre, que también se llamaba Pedro, le
llevaba más de una cabeza. Grande, mismo.
Acompañaba a ese corpachón, una voz cavernosa y clara,
con la que gracias a su “parla” conciliadora, pero tenaz, había logrado por tres
veces consecutivas mantener la presidencia del club.
Y no sólo eso mantenía, sino también las importantes
relaciones comerciales obtenidas en sus frecuentes viajes de negocios, tanto en
el exterior, como en su propio país. Él tenía claro el camino por el que había
que andar, si se quería ser exitoso económicamente. Y la gente lo respetaba, y
mucho.
Además, literalmente hablando, “un pueblo le debía plata
y favores”, y don Pedro el Grande, ese tema, también lo sabía manejar de lo más
bien.
Por eso, cuando llamó a asamblea extraordinaria y se puso
a hablar frente a todos los asistentes, la sala estaba llena y absolutamente
silenciosa. Sólo se escuchaba lo que él decía, y el suave chirrido de la puerta
cuando entraba algún rezagado, que siempre los hay, por otra parte.
Ése día tocaba el tema más preocupante de los próximos
meses: los goles.
Hizo uso de la palabra don Pedro el Grande, y así les
dijo: “Queridos amigos, y digo amigos por no decir hermanos, porque éste club ha
demostrado desde hace ya mucho tiempo (clara alusión a sus consecutivas
presidencias) ser una gran familia y preocuparse por todos y cada uno de sus
afiliados (otro puntito a su favor), y de eso, somos todos conscientes, no hay
que olvidarse.
Pero también, todos sabemos que estamos pasando una mala
racha, y que algo hay que hacer para que soplen en El Rioplatense F.C nuevos
vientos de victoria.
Éstas -no por archiusadas, menos eficaces- palabras
dichas por él, eran el augurio de las que vendrían, y las otras seguro que
traerían consigo la solución al problema de los goles, o mejor dicho, a la
ausencia de ellos.
El aplauso no se hizo esperar, y explotó unánime y
mantenido. Un gesto de apaciguar, pero acompañado por otro de satisfacción y de
poder, que se reflejó en su cara, dieron paso a una explicación detallada del
plan de acción que él había pergeñado.
-El club debe hacer un esfuerzo mantenido y prolongado
con el sólo afán de ganar los enfrentamientos con otros clubes y de ponerse en
el primer lugar en la tabla de posiciones. Y de ahí, no bajar.
Y continuó enumerando toda la “movida” que era preciso
hacer para lograrlo.
La cosa era simple, e ingeniosa. Proponía la compra y
venta consecutiva de zagueros, hasta poder conseguir aquél que más le sirviese
al club para ser vencedor indiscutido de la ansiada copa. Él tenía, decía, los
contactos asegurados para que las ventas no se trancasen en el camino, pues los
pensaba revender baratos, o bien financiados, a los clubes chicos.
Como gozaba de una sólida reputación como exitoso
comerciante, nadie le objetaba su estrategia, siempre y cuando todo estuviese
sobre sus espaldas. Y eso era justamente lo que el grandote quería. No solamente
se sentía capaz, sino que contaba con una autosuficiencia solidaria que lo
acompañaba en lo que fuera.
La asamblea duró poco, y dio lugar en poco tiempo, a
poner en marcha los primeros movimientos del ambicioso plan.
Bastó para que el Cholo del Atlético Flores F.C metiera
ese gol de larga distancia a los primeros 5´ del primer tiempo, para que sonara
el teléfono y sanseacabó: el Cholo no tuvo ni tiempo de festejarlo con sus
compañeros, que ya había firmado la transferencia.
Y así siguió la cosa. Ya fuese uno a cero, dos a uno , o
por goleada, aquél que hacía la mayor cantidad de goles el domingo, se pasaba
automáticamente para Rioplatense F.C, y en cada compraventa el club ganaba
plata y prestigio, y mucho.
Ahora vendría la frutilla de la torta. Le había echado el
ojo a uno que le decían el Pibe, que jugaba de “diez” en el sub-veinte, pero
estaba próximo su cumpleaños y pasaría –sin remedio- de categoría.
A vos mismo, pensaba, y fue a verlo jugar. Iban por los
quince del segundo tiempo, y el muchacho no había convertido ni un solo gol.
Para peor, le habían mostrado la amarilla (bien sacada, por cierto), y andaba con mucho
cuidado.
Y eso los desconcentró a los del otro cuadro, y le
aflojaron la marca. Así, como si eso fuese lo que esperaba, faltando quince para
los noventa, con uno de tiro libre y el otro de cabeza -aprovechando un córner-
les metió el dos a cero, y a las duchas, apretado y manoseado por toda la tropa.
Mientras, se oía la cantarola que no paraba: “si éste no es el Pibe, el Pibe
dónde está”.
Y el Pibe pasó a engrosar las filas del club de Pedro el
Grande.
Una cena en casa de don Pedro, con el muchacho; el
entrenador físico, y el director técnico, y todo arreglado. El domingo, el Pibe
vestiría por primera vez esa nueva camiseta.
Casi lo había logrado. Habían llegado a las Semifinales,
y don Pedro había hecho un esfuerzo impresionante para que las nueve
compraventas que le antecedieran justificaran ésta última jugada.
Cosa que nunca hacía, don Pedro el Grande buscó las escaleras, bajó los dos tramos que
le separaban del lugar donde estaba reunido todo el equipo, y acercándose al
grupo, tomó del brazo al Pibe y se lo llevó aparte.
Tal cual un padrino, con esa voz tan particular y
hablándole casi al oído le dijo: dale Pibe, mostrales lo que sos. Vos sos el
“diez”, pero para el club sos el décimo, después te explico. Para mí, sos el
uno. Si ganamos, el club crece, y tu mundo también. Europa te espera. Y lo
soltó.
Caminó de regreso al palco, y no se pudo sacar el nudo de
la garganta hasta que sonó el silbato, y el juez dio por comenzado el
partido.
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