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Pablo Neruda: La palabra
"…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen…" de Pablo Neruda: LA PALABRA
30 jun 2026
Escuela 81 (un barrio, dos amigos, una carta, varios cuadros, una vida)
¡Qué lejos los amigos, y qué cerca! — Líber Falco
Aquel chico de no más de once años dejó a su vecino y amigo Carlos Jaime, contra su voluntad, cuando, obligado por las circunstancias, se mudó con su familia a un barrio que quedaba fuera de sus posibilidades de acceso. Lo separaban de CJ algo así como diez kilómetros —o cuarenta minutos de viaje en ómnibus— que era imposible pensar en transitar solo.
Porque sus padres no lo hubieran dejado y, porque hay que ser honesto, ninguna de las dos partes se esforzó demasiado en lograrlo. Ni él, ni su distante amigo.
"No es falta de cariño…", mentaba el bolero, pero la realidad era esa, y contra eso no se puede.
Nuevo barrio, nueva gente, nuevas oportunidades de hacer nuevos amigos: varias razones para que ese muchachito no sintiera tanto la ausencia del antiguo vecino y compañero de juegos.
Y nueva escuela. Dejó finalizado el quinto año y pasó transferido a su nuevo destino en la calle Podestá, donde impartía clases la escuela número 81, que funcionaba —por su último año allí— en lo que supo ser la casa de Gardel en Uruguay, cedida para tales fines.
Antes de que finalizara el año escolar correspondiente a sexto, se inauguró, a pocas cuadras de allí, el nuevo local —construido ad hoc— en la calle San Nicolás.
Allí, precisamente en el aula de sexto grado, conoció a Alberto, que para colmo de bienes vivía en la esquina cruzada con la esquina de su casa.
Era el hermano mayor de cuatro (tres varones y una mujer) y compartía la vida con sus padres y una abuela de la que no recuerda el nombre. Para él siempre fue "la abuela", la nona innominada de ellos.
De la ida a clase en horas de la mañana nada hay para destacar, pero el regreso, ese sí que valía la pena. Volvían a pie, y era una Jauja corrida. Además, se iban bajando del recorrido de a uno, a medida que se alejaban de la escuela, y cada uno se iba acercando a su destino final: la esquina de Naga y Pablo Podestá, en el caso de ellos dos. Y de ahí, cada uno para su casa, que el almuerzo ya estaba por ser servido.
Dos familias distintas, dos personalidades diferentes: uno (Alberto) retraído, circunspecto, de pocas palabras, tal vez tímido, pero con vida interior intensa y rica; y el otro, más juguetón, más infantil y más extrovertido, que no supo aquilatar o evaluar aquello adecuadamente. Pero esa brecha no importó, porque nada podía contra la personalidad invasiva y ansiosa de este chico. Él rompía todas las barreras que necesitaba romper, y logró, por fin, sentirse el mejor amigo de Alberto.
Al menos eso era lo que él creía, y tal vez lo fuese, pero la verdad era que Alberto, conforme crecía, alimentaba intereses personales que no compartía con el chico, no por falta de amistad, sino porque probablemente sintiera la necesidad de conseguir sus logros en forma personal y autónoma. Coincidía con los rasgos que comentaba más arriba.
Y así fue: un día se enteró de que Alberto había sido operado de frenillo lingual; otro día, de que Alberto había ganado el campeonato de algún arte marcial en la categoría cinturón azul; un día se enteró de que Alberto había perdido la virginidad; y un día se enteró de que Alberto pintaba y se iba a Italia a estudiar pintura.
Un día se sentó y le escribió una carta a su amigo, que ahora vivía en Italia, y en otros días, en los años venideros, se dio cuenta, por enésima vez, de que esa carta seguía en el cajón, y que por diversas razones —o tal vez una sola— nunca había salido de allí, donde permanecía cerrada, con los sellos postales pegados en ella.
Un día, finalmente, la carta se perdió. Alberto se mudó a los Estados Unidos, donde trabajó de bibliotecario hasta que se jubiló, pero siempre siguió pintando. Hasta el día de hoy.
Un día, el muchacho, ya hombre, ya casado, ya con hijos grandes, se entera de que Alberto, casado también, vuelve a residir en Uruguay, y decide ir a verlo.
Todo como antes: él en su casa, y el amigo que lo va a visitar. Todo como antes, dos amigos charlando y comentando la vida de ambos, como el primer día, como si los años, en cuanto a este punto se refiere, no hubieran pasado.
Y todo igual, se repite el esquema. Los años siguen pasando, y esos amigos no se han vuelto a ver.
Algo, sin embargo, ha cambiado, y para mejor. Para mucho mejor. Alberto le manda las retrospectivas de los cuadros que ha pintado y lo pone al día, y el otro le manda todo lo que escribe en su blog, sin faltar a esa cita ni una sola vez.
Así somos Alberto y yo. Amigos por encima de tiempos y distancias. Amigos inseparables que se hablan casi sin hablar. ¿Acaso alguien precisa más? Tal vez, pero nosotros dos, no.
Esa es la realidad, y contra eso no se puede.
Para mi amigo Alberto, con todo mi cariño.
Bernie (Dovi)
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